Prensa

A propósito del trauma ocular: Ariel Dorfman relata qué lo inspiró a escribir su última novela

Por Diego Bravo

Entre las extrañas coincidencias históricas que más me han llamado la atención se destacaba el peregrino caso de la relación entre Johann Sebastian Bach y George Friedrich Handel. Ambos nacieron en el año 1685, a un mes de diferencia. Handel, el 23 de febrero en Halle y Bach el 21 de marzo en Eisenach, pueblos que se hallan a cuarenta kilómetros de distancia. Y, sin embargo, ¡nunca se dieron la mano, nunca se toparon cara a cara, nunca pudieron gozar de una tertulia íntima! No fue por falta de ganas de parte del relativamente desconocido Bach que lo intentó en tres ocasiones, cuando Handel, ya un famoso compositor en Londres. visitó su pueblo natal, pero por diversas razones nunca pudieron reunirse.

Y ahí hubiera quedado esta sorprendente cadena de desencuentros de los dos músicos alemanes más grandes de su tiempo, de no haber sido por una conversación que tuve con mi cuñado Ryan. Comentando yo mi obsesión con la destrabada conexión de los dos compositores, Ryan me preguntó si acaso sabía de una contingencia aún más estrafalaria. Ambos, dijo, fueron operados en distintas ocasiones por el mismo cirujano de los ojos, el británico John Taylor, y también ambos quedaron ciegos debido a tales intervenciones, siendo Bach el más perjudicado, ya que murió al poco tiempo a raíz de una fiebre causada por este charlatán.

Supe de inmediato que acababa de recibir el regalo de una historia que exigía ser explorada a fondo por medio de la ficción, sin estar seguro todavía si se trataría de un cuento o una novela o quizás una obra de teatro.

Empecé por leer todo lo que pude sobre el Chevalier Taylor (un título grandilocuente con que se autodesignó ese cirujano de los ojos), que había publicado, por cuenta propia, tres gruesos volúmenes semipicarescos sobre sus andanzas por toda Europa, en las cortes más ilustres y los ducados menos conspicuos, dejando tras sí, según su propio testimonio, elogios de monarcas y clérigos y, según sus detractores (cuyas opiniones no constaban, por cierto, en aquellos tres volúmenes), una secuela de ruina y dolor. Entre sus adversarios, el más notorio fue el célebre Dr. Samuel Johnson, que advirtió que “ese Taylor era una instancia de lo lejos que puede llevar la desvergonzura cuando está nutrida por la ignorancia”, insulto que se esparció por todo Londres.

Se me ocurrió que, en tales circunstancias, correspondería al hijo del médico facineroso reivindicar la honra mancillada de su padre y pedir a Boswell, el biógrafo de Johnson, que rectificara una condena tan rigurosa, y me puse a garabatear unos párrafos iniciales en que este vástago acosa a Boswell durante años, aduciendo que las operaciones de Bach y Handel eran absolutamente necesarias para su salud.

Pero ¿a quién entregarle la narración de esta búsqueda?

Lentamente fui vislumbrando la única figura que podía asumir ese rol, un compositor tan grande (y quizás más grande) que las dos víctimas, y con una trayectoria biográfica definitivamente más trágica y mágica y atractiva. Alguien que había tenido, a los ocho años, como mentor justamente a Johann Christian, el hijo menor del viejo Sebastian; alguien que había pasado un año y medio en Londres en la época en que residía en esa ciudad tanto el Chevalier como su hijo Jack; alguien que, de joven, había vivido en París cuando Johann Christian pasó allí una temporada para componer una ópera; y finalmente, alguien que, un año antes de morir, había visitado –¡dos veces!– Leipzig, lugar donde yacía la tumba del genio que nos había dejado La Pasión Según San Mateo.

Ese alguien era, ni más ni menos que Wolfgang Amadeus Mozart. Mi compositor favorito, cuyas sinfonías me habían acompañado desde antes de que tuviera uso de razón, cuyas melodías cantaba yo a mis hijos en las noches para que se durmieran y después a mis nietas para que despertaran y siempre a mi mujer Angélica para que nos amáramos más.

Me imaginé, entonces, a Mozart en Londres en un concierto que efectivamente ofreció en Febrero de 1765 a instancias de Johann Christian Bach, lo vi frente a un hombre flaco y obsequioso que le pedía un favor. Se trataba de Jack Taylor que solicitaba al pequeño Wolfgang que lo ayudara a rescatar a su padre oculista de la ignominia y la acusación de haber asesinado al viejo Bach. Y me sentí poseído por la voz de Mozart mismo, oí esta historia emergiendo de su boca. La decisión de que Mozart fuera el inevitable y carnal narrador de este intento por rastrear las remotas sombras de Bach y Handel, dio nacimiento a Allegro, una novela que publicó hace unos meses Fondo de Cultura Económica.

Seguir leyendo en El Desconcierto

 

‹‹ Post Anterior Post Siguiente ››